El Grand Palais se vistió de rojo. Hasta el primero de julio en París, en una de las salas de exposiciones, se desarrolló la exposition de arte soviético con rouge en París. Un recorrido por los medios de comunicación de la Rusa Soviética, hasta la muerte de Stalin, en 1953.
Movimiento, pintura, collage y tensión. La revolución soviética, que en el año 1917 estalló como la posibilidad de desarrollar un gobierno por campesinos, obreros y soldados, igualando condiciones para mujeres y hombres, e incrementando en términos generales la participación de los trabajadores en las acciones de estado, ha dejado un legado visual, destacadísimo, aunque muchas veces, al servicio de los intereses más despreciables del oscuro régimen Stalinista.
UNA SEMILLA EN LA GUERRA
Con la Gran Guerra en marcha (denominada primera guerra mundial tras el estallido de la «segunda»), Rusia convocó gran cantidad de soldados para poder cubrir el frente occidental y defender militarmente a Serbia (debido al avance de Alemania y Austria, y posterior llegada a Rusia). Esta acción generó una notable disminución de mano de obra en las fábricas y por ende, la explotación de los trabajadores que debían trabajar hasta quince horas por día para suplantar a los camaradas reclutados por el ejército.
Falta de alimentos, mercancías, una guerra que demandaba dinero y generó una enorme inflación (con una demanda estable de productos pero una baja en la oferta de los mismos por la falta de empleados en las industrias) y una crisis que se tradujo en hambre.
La revolución de 1917, derrocó al Zar Nicolás II, debido al derroche de los recursos rusos empleados para la guerra (recursos económicos y humanos), devolvió a los soldados (obreros y campesinos) a sus casas y puso fin al régimen feudal que imperaba desde tiempos medievales.
En este contexto, el arte se transforma radicalmente. En primer lugar, se abre el juego. Se rompe la hegemonía del arte burgués, y nuevas expresiones y autores empiezan a tener difusión.
UN POCO DE ARTE SOVIÉTICO CON ROUGE
El collage como técnica, en esta revolución que atraviesa todas las esferas de la actividad social, generará la posibilidad de crear imágenes con elementos que se desprenden de la realidad, como recortes de diarios, imágenes o fotografías periodísticas, que se presentarán al servicio de una nueva obra de arte. Obra realista, objetiva, con aparente valor de verdad.
Sueños de todos los colores brotaban en cada rincón de una Rusia que buscaba la justicia social. Una revolución que agrietará la estabilidad política europea, entrada en decadencia, y se atreverá a plantear ejes de debate del más elevado nivel intelectual, aunque más tarde llegará la burocracia y el totalitarismo. La muerte de Lenin (líder burócrata que representaba los ideales fundamentales de la revolución – a nivel mundial -), sellará el triunfo de un espurio entramado político, repleto de persecuciones y ejecuciones, allanando la llegada al poder de Ióseph Stalin.
Los aires de renovación empiezan a oxidarse, y la revolución abandona su compromiso mundial para convertirse en un socialismo local. Aparecen los planes quinquenales (proyectos económicos de 5 años que transforman la economía rural en una muy industrializada, volviéndose la segunda economía luego de la segunda guerra mundial), y en el arte el constructivismo se encargará de llevar el espíritu productivo a cada esfera de la actividad social.
Octubre queda mutilado. El régimen produce su propia estética y la participación en la causa nacional queda rigurosamente regulada. El arte no será ajeno y los artistas fervorosos serán condenados. No hay espacio para correrse de la línea que baja el partido Comunista.
LA MUTILACIÓN VISUAL Y EL COLLAGE
La fotografía comienza a ser regulada por el estado, que la entendía como una técnica objetiva, y artistas como Rodtchenko y Klucis serán perseguidos. El collage se empleará ya no solamente como una técnica lúdica, con libertad creativa pocas veces practicada, sino como la posibilidad de combinar elementos aparentemente aislados y ponerlos en diálogo para, por su relación, construir aquella fotografía que no se puede sacar, que no se puede producir, que ha sido censurada.
En el Grand Palais de París, el arte soviético con Rouge ha recolectado en parte esta transición, de una propaganda que comienza con la revolución, un arte activo, dinámico, intelectualmente inspirador, y vanguardista, y su lenta conversión a un arte masivo, lineal, mecánico, regulador, instigador de la productividad, embajador de la disciplina, de la optimización del humano como recurso económico, valuado por su capacidad de producir municiones.
EL DISEÑO DE LOS ESPACIOS OPRESORES
La arquitectura articulará la forma de relacionarse con el espacio, con la actividad productiva y administrará lo opresivo. No sobra ningún espacio, y el diseño estará al servicio del incremento de los índices productivos. Todo aquello que escape a estos parámetros, se irá aglutinando en la garganta en forma de ahogo. Una angustia ciega atrapada por la grandeza industrial, el despliegue militar y la belleza artística.
En la pintura, encontraremos paisajes, atuendos militares, frescos poco contrastados, tono y profundidad muchas veces, como si al autor le faltara intención o convencimiento. El sol va a cumplir un rol fundamental en esta Rusia en la que se sale a al aire libre, a practicar actividades sociales y deporte. Mucho deporte. El deporte como instrumento para limpiar los cuerpos y alcanzar salud mental, pero especialmente para disciplinar movimientos, implantar coreografías, automatizar la acción y por sobretodo, alcanzar máxima eficiencia. La Unión Soviética, más allá de erigirse como una potencia, y salir a venderle al mundo su éxito (por ejemplo en los Juegos Olímpicos), también se convertirá en una oda a la optimización de recursos de todo tipo, económicos, y especialmente, humanos.
ROUGE: ARTE SOVIÉTICO
En un mundo atrapado dentro de una ansiosa búsqueda por estabilizar su modelo de crecimiento, y fuertemente atravesado por el fascismo, la Unión Soviética se auto proclamó como la bandera socialista. Una ley llena de conquistas para el cuerpo social, pero una estructura política-económica burocrática, sin la participación del pueblo en las acciones de gobierno como se había proyectado en la revolución del 17.
Lejos ha quedado la utopía marxista. No ha sido nunca un destino posible en los planes stalinistas. Ese recorrido de alejamientos ha quedad expuesto en «Rouge». Uno se estira, se estira, hasta que se parte. Con los pies en el Gran Palais y los sueños en ese lugar en el que lxs trabajadorxs desarrollan una próspera economía para el país, y al mismo tiempo, subliman sus almas a través de un arte libre, personal y universal, fuera de la academia, los museos y los estándares elitistas de belleza.